Casi todas las personas con las que hablo últimamente, coincidimos en que al principio la mayoría sobrellevamos bien el encierro. Los vecinos se ayudaban los unos a los otros, cantaban y aplaudían desde los balcones, jugaban al bingo e incluso se prestaban al perro para poder salir a pasear un rato. Otros hacíamos video conferencias, largas charlas, risas a través de las pantallas, aunque todos teníamos en segundo plano la incertidumbre de la situación.

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Pasamos por diferentes etapas, y en función de la casa donde vivimos, la ciudad, el trabajo, los ERTES, los despidos, etc, hubo muchas personas que comenzaron a pasarlo muy mal. Los ataques de ansiedad han ido en aumento, las citas telefónicas con el médico de familia y las derivaciones a psicología y psiquiatría. Por lo que se puede decir, entonces, es que la Covid-19 ha creado a su vez una pandemia colateral de ansiedad, claustrofobia y depresión.

Durante el confinamiento comencé a dar clases online de yoga, pilates y meditación, y en cuanto nos liberaron, hubo que reducir el aforo en las clases y la gente empezó a preguntar por las actividades presenciales. Los había que tenían miedo de regresar por un posible contagio, pero los seres humanos necesitamos sociabilizar, salir de casa, hablar, evadirnos, cambiar la rutina, y mis alumnas reclamaban esa sesión de yoga presencial donde poder sentir una voz que les llegara físicamente y no a través de un altavoz. Cierto es que otras alumnas y alumnos han encontrado su refugio en el online y se sienten como si estuvieran en el aula. Son las personas que están sufriendo ansiedad las que necesitan ese contacto humano, esa reacción de <<No estás sola>>, <<Es una racha que pasará>>, o <<No te sientas culpable por sentirte así>>.

Durante esta pandemia, mucha gente ha tenido que trabajar desde casa y han sentido que trabajaban incluso más, algo que les ha afectado tanto física como psicológicamente. Por otro lado, tenemos a las personas que están en ERTE o las han despedido. Y en un punto intermedio, las personas que no han visto afectado su trabajo. Pero los que se han llevado el peor golpe han sido los trabajadores de la sanidad, los enfermos y los familiares de los fallecidos. Cada una de estas personas ha sufrido una experiencia que las está llevando a vivir un duelo diferente. Necesitamos parar y ser conscientes cada uno de nuestra propia situación (porque conscientes ya somos de la situación general).

En mis clases de yoga (especialmente en las de meditación), nos centramos mucho en estas secuelas psicológicas, enseñando técnicas para controlar el torrente de pensamientos que nos pasa por la cabeza y nos afectan a los nervios. Sin embargo, otras veces lo único que hacemos es hablar, desahogarnos y contar cómo nos sentimos. No es algo pactado, sino que surge espontáneamente. Necesitamos hablar, explicar lo que nos pasa por la cabeza y cómo nos hace sentir, algo que a mí me ayuda como profesora a encauzar las preocupaciones y sentimientos de mis alumnas hacia un lugar placentero para ellas (dentro de su mente) donde mantenerse bajo control. Lo más importante es disfrutar de la sesión, no tener prisa, hacer las cosas poco a poco y disfrutar de los logros y aprender de las frustraciones. Siempre les digo que la vida no consiste en ser feliz todo el tiempo. La vida es una montaña rusa, es alegría, es tristeza, es calma, es nerviosismo, es euforia, apatía, enfado, ira, llanto. Es salud, enfermedad, guerra, paz, amistad, amor y desamor. Son sentimientos y circunstancia. Si fueras feliz el 100% del tiempo, probablemente serías un robot.

Es muy probable que un coach te diga ahora mismo que hay que ser fuerte, ser valiente, amarte a ti mismo y salir adelante. Ahora, hay que entender que no a todo el mundo le vale este entrenamiento, pues su bloqueo es tan grande que necesitan ir muy despacito, sin la carga de <<tengo que ser fuerte porque si no, voy a decepcionar a todos y van a pensar que soy un débil>>. Todos tenemos un límite y cuando lo sobrepasamos, lo último que necesitamos es autoexigirnos y seguir acelerando más la máquina. Y no es solo una cuestión psicológica, es que fisiológicamente el cerebro y el sistema nervioso se agotan y vas a dejar de producir la hormona de la felicidad, o la hormona del sueño o la hormona de la calma y se te va a disparar la hormona del estrés, y esto solo se consigue parando, descansando, y entendiendo lo que realmente quieres en la vida y hacia donde te quieres dirigir.

No te fuerces, pero sí esfuérzate en quererte, aceptarte y entender que la vida son cambios, que dan miedo, sí, pero generalmente no nos matan. Así que respira, fluye, (llora si es lo que necesitas) y lo más importante: pide ayuda y no sientas vergüenza por hacerlo, o pienses que estás molestando a los demás porque creas que lo que te ocurre es una tontería, porque no lo es. Pedir ayuda te puede salvar, hacer que tu recuperación sea más placentera, e incluso me atrevería a afirmar que más rápida, aunque eso depende de cada persona y circunstancia. Lo más importante es que te sientas arropado y con la sensación de que alguien te está ayudando a caminar, hasta que puedas hacerlo de nuevo por ti mismo y sin culpabilidad.

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